En la Catedral de Guarenas, reposa una reliquia cuya historia pocos conocen. Un objeto sagrado que, según toda lógica, no debió sobrevivir y, sin embargo, ahí está, sereno e intacto: Una imagen y una promesa.
Es la imagen de San Pedro, primer papa de la Iglesia Católica. Su historia no comenzó en la Catedral de Guarenas, sino en una capilla rodeada de cañamelares, donde el aroma de la caña dulce acompañaba cada plegaria.
A finales del siglo XIX, en la Hacienda San Pedro de Guarenas, esa misma imagen que hoy reposa en la Catedral, ocupaba en aquel tiempo la capilla de la hacienda. Allí, sentado en su trono dorado, con mitra y báculo, San Pedro era el corazón espiritual de aquellas zafras que daban vida y sentido a la tierra guarenera.

Una antigua leyenda, guarenera, cuenta que, ante esa misma imagen, una esclava llamada María Ignacia, desesperada por la fiebre que padecía su pequeña hija, hizo una promesa nacida del amor y la esperanza: si San Pedro le concedía el alivio a su niña, ella bailaría y cantaría para él cada año.

Es un relato más entrañable que verificable, pues no hay documentación histórica que esclarezca el origen de la Parranda de San Pedro. Sin embargo, ha sido esa leyenda y sus diferentes matices la que, en el corazón del pueblo, ha dado sentido a esta tradición.
El 29 de octubre de 1900, la tierra rugió con furia. Las paredes y el techo de la rudimentaria capilla de la Hacienda San Pedro cedieron; todo se vino abajo, todo quedó reducido a escombros, todo excepto la imagen de San Pedro. No sufrió ni una grieta, ni un rasguño, ni siquiera una astilla.

Aquel terremoto marcó el inicio de su peregrinaje: primero fue trasladada a la Hacienda El Carmen, donde el cultor Norberto Blanco y los jornaleros la acompañaban cada 29 de junio.

Luego pasó a la casa de Juan Aponte, en la esquina de la calle Sucre con 19 de Abril, desde cuya puerta, en cada víspera de la fiesta, el pueblo la conducía en procesión solemne desde La Llanada hasta la Iglesia del Pueblo Arriba. Y es precisamente esa procesión, ese acto de reverencia antes del canto, lo que distingue a la Fiesta de San Pedro de Guarenas de todas las demás; porque aquí, antes de parrandear, honramos al Santo.

En 1939, tras resguardarla por un tiempo en su hogar, el cultor Antonio Núñez, junto a Leoncio Campos, llevó la imagen a su destino definitivo: la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, hoy Catedral de la Diócesis de Guarenas. Desde entonces, devotos y promeseros le han obsequiado ropajes, la han cuidado y honrado como un verdadero tesoro de la memoria guarenera.
Esta imagen no solo sobrevivió a un terremoto, y no solo recorrió en paso solemne haciendas y calles de Guarenas; sino que también pudo haber sido inspiración y testigo de la promesa que dio origen a una tradición que aún hoy nos conmueve. Forma parte de esa creencia guarenera que acompaña a la Parranda de San Pedro aquí celebrada; una leyenda asumida como tal, sin pretender erigirse en verdad histórica, pero que en el corazón del guarenero aviva el amor por su parranda sin alterar su esencia ni su forma ancestral de celebrarla.
Lo que sí sabemos con certeza es que esta imagen logró lo que pocos símbolos consiguen: unir, bajo una misma fe, a esclavos, peones, capataces y hacendados, hasta abrazar por completo al pueblo de Guarenas.
Por eso, más allá de su historia conocida y por encima de la leyenda que la envuelve, la imagen de San Pedro de Guarenas es y seguirá siendo el símbolo eterno de un pueblo que nunca ha dejado de creer.
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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

