En el Pueblo Arriba de Guarenas hubo un lugar que no aparecía en mapas ni en crónicas oficiales, pero que todos conocían: La Colmena de Guarenas. Un rincón discreto, casi invisible, donde el aire parecía distinto, más denso, más dulce.
Quien pasaba por allí sentía que algo lo envolvía. Era un rincón que parecía suspendido en el tiempo, un espacio sencillo, sin pretensiones, pero cargado de encanto, del cual emanaba un perfume embriagador.

Era un sitio que giraba en torno a un hombre que había sido defensor de los derechos sociales, comerciante destacado, artesano de la madera, agricultor, aficionado poeta, músico pianista y comprometido cultor de Jesús en la Cruz durante la Semana Santa. Un hombre que gozó del aprecio y admiración de los guareneros, logrando además alcanzar el máximo cargo de la jefatura civil del Distrito Plaza.

Los forasteros se detenían intrigados, aspirando aquel perfume y preguntando de dónde provenía esa esencia dulce y profunda que impregnaba el aire.

Los vecinos, al refrescarse en la pila de agua, respondían con una sonrisa cómplice, señalando a la colmena de Miguel.

Miguel Felipe Chapellín García, hombre de mirada serena, levantaba las alzas melarias, esas cajas de madera donde las abejas almacenaban su tesoro, y con manos firmes liberaba la miel contenida en los panales dorados. Era un trabajo minucioso que repetía día tras día; un ritual silencioso, casi hipnótico, que convertía la labor cotidiana en arte.

El apiario de Miguel se convirtió en un punto de encuentro para la comunidad. Los guareneros acudían en busca de miel pura y cera natural. Mientras esperaban, entre el zumbido de las abejas y el resplandor dorado de la miel, se entablaban emocionantes tertulias.

Finalmente, Miguel Felipe les entregaba el preciado tesoro: una botella de su célebre “Miel El Cortijo”.

Pero aún quedaba otra intriga. Porque aquel aroma que impregnaba la Plazoleta no parecía ser solo la miel. Era algo más, algo que despertaba la curiosidad de todos.
Y es que Miguel Felipe guardaba celosamente un secreto, un secreto que no estaba en las colmenas, sino en el fuego discreto que él encendía para transformar la miel en memoria líquida. Aquel perfume cálido que todos percibían bajo la sombra del samán provenía de la miel tibia y burbujeante, mezclada con frutas y esencias que solo él conocía. No era simplemente cocinar, era más bien un ritual de alquimia, donde el dulzor se volvía misterio, dando vida a un vino de miel y frutas, único y exquisito, una fermentación llena de aroma y sabor.

Al evocar ese rincón de Guarenas, recordamos a Miguel Felipe Chapellín, una vida de servicio, arte y fe. Y también recordamos a su colmena, a la miel y al vino que preparaba, símbolos de un pasado que aún nos acaricia con su dulzura. Porque la memoria de un pueblo también es ese sabor que nunca se olvida. Guarenas encontró en la colmena de Miguel el dulce sabor de su historia.

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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

