En su andar hacia Curupao, los guareneros se internaban por los senderos que conducían a Bordecequia. Antes de cruzar las Adjuntas, donde los ríos se encuentran con ímpetu, el caminante percibía un aire solemne, una presencia majestuosa que, desde lo alto, reclamaba una mirada e invitaba a detenerse bajo una sombra que provenía de otros tiempos, como si fuera un refugio invisible, la ceiba de Guarenas.

No era una sombra pasajera, ni un refugio cualquiera; era la ceiba de Guarenas, un coloso vegetal que se erguía como guardián del camino y custodio de las memorias del pueblo. La tradición oral asegura que aquel árbol fue testigo de los días más luctuosos de la patria.

José Tomás Boves avanzaba con sus llaneros como un huracán de crueldad, mientras Bolívar y Ribas agotaban esfuerzos sobrehumanos para contenerlo.

Consciente de lo inútil del sacrificio, el Libertador emprendió el 7 de julio de 1814 uno de los episodios más trágicos de la guerra de independencia: la emigración de Caracas hacia el oriente de país, cuando mantuanos, blancos de orilla y algunos pardos patriotas abandonaron la capital, llevándose consigo lo que la premura les permitía.

Al día siguiente, en Guarenas comenzó a levantarse la polvareda del éxodo de aquellos veinte mil caraqueños que huían de Boves. En medio del caos, acamparon en la zona occidental del pueblo, a orillas del río, justo frente a los predios de la Hacienda del Barbecho de Ribas.

Y allí, como madre protectora, la ceiba abrigó a ancianos, mujeres y niños, convirtiéndose en refugio de un pueblo en huida.

Y así, en justo homenaje, el 23 de febrero de 1953, un hijo de Guarenas, el poeta Rosendo Castillo, junto a los ciudadanos Basilio García, Delfín Mendoza y los hermanos Alberto y José Luis Acuña, con la debida autorización municipal, colocaron al pie del gigantesco árbol una inscripción conmemorativa.


«Al pie de este coloso
otro coloso: Simón Bolívar
acampó con sus huestes
un día del año 1814»

Ese gesto buscaba proteger la ceiba de Guarenas, cuya existencia se veía amenazada por el Nuevo Ideal Nacional, una política desarrollista del gobierno de Marcos Pérez Jiménez que promovía la construcción de grandes obras de infraestructura para transformar el entorno físico.
Sin embargo, en un día inesperado de la década de 1970, la mano destructora del hombre puso fin a la existencia de la ceiba de Guarenas. Bajo el alegato del progreso vial, aquel coloso fue derribado para dar paso al trazado de la avenida intercomunal.

Hoy, aunque sus raíces ya no palpitan en la tierra, la ceiba de Guarenas sigue erguida en la memoria colectiva, transformada en símbolo y en advertencia: el progreso verdadero no puede cimentarse sobre la destrucción de la naturaleza ni sobre el olvido de la historia.

Debemos preservar lo que nos da vida e identidad.

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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

