La ceiba de Guarenas

En su andar hacia Curupao, los guareneros se internaban por los senderos que conducían a Bordecequia. Antes de cruzar las Adjuntas, donde los ríos se encuentran con ímpetu, el caminante percibía un aire solemne, una presencia majestuosa que, desde lo alto, reclamaba una mirada e invitaba a detenerse bajo una sombra que provenía de otros tiempos, como si fuera un refugio invisible, la ceiba de Guarenas.

Sector Bordecequia de Guarenas. Composición IA.
Sector Bordecequia de Guarenas. Composición IA.

No era una sombra pasajera, ni un refugio cualquiera; era la ceiba de Guarenas, un coloso vegetal que se erguía como guardián del camino y custodio de las memorias del pueblo. La tradición oral asegura que aquel árbol fue testigo de los días más luctuosos de la patria.

La ceiba de Guarenas. Composición IA.
La ceiba de Guarenas. Composición IA.

José Tomás Boves avanzaba con sus llaneros como un huracán de crueldad, mientras Bolívar y Ribas agotaban esfuerzos sobrehumanos para contenerlo.

José Tomás Boves, junto a llaneros y esclavos, avanza hacia Caracas. Julio de 1814. Composición IA.
José Tomás Boves, junto a llaneros y esclavos, avanza hacia Caracas. Julio de 1814. Composición IA.

Consciente de lo inútil del sacrificio, el Libertador emprendió el 7 de julio de 1814 uno de los episodios más trágicos de la guerra de independencia: la emigración de Caracas hacia el oriente de país, cuando mantuanos, blancos de orilla y algunos pardos patriotas abandonaron la capital, llevándose consigo lo que la premura les permitía.

Emigración de Caracas al oriente del país, 7 de julio de 1814. Composición IA.
Emigración de Caracas al oriente del país, 7 de julio de 1814. Composición IA.

Al día siguiente, en Guarenas comenzó a levantarse la polvareda del éxodo de aquellos veinte mil caraqueños que huían de Boves. En medio del caos, acamparon en la zona occidental del pueblo, a orillas del río, justo frente a los predios de la Hacienda del Barbecho de Ribas.

Emigrantes de Caracas frente a la Hacienda del Barbecho de Ribas, julio de 1814. Composición IA.
Emigrantes de Caracas frente a la Hacienda del Barbecho de Ribas, julio de 1814. Composición IA.

Y allí, como madre protectora, la ceiba abrigó a ancianos, mujeres y niños, convirtiéndose en refugio de un pueblo en huida.

Emigrantes de Caracas refugiados bajo la ceiba de Guarenas, julio de 1814. Composición IA.
Emigrantes de Caracas refugiados bajo la ceiba de Guarenas, julio de 1814. Composición IA.

Y así, en justo homenaje, el 23 de febrero de 1953, un hijo de Guarenas, el poeta Rosendo Castillo, junto a los ciudadanos Basilio García, Delfín Mendoza y los hermanos Alberto y José Luis Acuña, con la debida autorización municipal, colocaron al pie del gigantesco árbol una inscripción conmemorativa.

Rosendo Antonio Castillo Ramírez, poeta de Guarenas, nacido en 1907.
Rosendo Antonio Castillo Ramírez, poeta de Guarenas, nacido en 1907.
Colocación de placa conmemorativa en la ceiba de Guarenas, 23 de febrero de 1953. Composición IA.
Colocación de placa conmemorativa en la ceiba de Guarenas, 23 de febrero de 1953. Composición IA.

«Al pie de este coloso
otro coloso: Simón Bolívar
acampó con sus huestes
un día del año 1814»

Placa conmemorativa en la ceiba de Guarenas. Composición IA.
Placa conmemorativa en la ceiba de Guarenas. Composición IA.

Ese gesto buscaba proteger la ceiba de Guarenas, cuya existencia se veía amenazada por el Nuevo Ideal Nacional, una política desarrollista del gobierno de Marcos Pérez Jiménez que promovía la construcción de grandes obras de infraestructura para transformar el entorno físico.

Sin embargo, en un día inesperado de la década de 1970, la mano destructora del hombre puso fin a la existencia de la ceiba de Guarenas. Bajo el alegato del progreso vial, aquel coloso fue derribado para dar paso al trazado de la avenida intercomunal.

Talado de la ceiba de Guarenas, década de 1970. Composición IA.
Talado de la ceiba de Guarenas, década de 1970. Composición IA.

Hoy, aunque sus raíces ya no palpitan en la tierra, la ceiba de Guarenas sigue erguida en la memoria colectiva, transformada en símbolo y en advertencia: el progreso verdadero no puede cimentarse sobre la destrucción de la naturaleza ni sobre el olvido de la historia.

La ceiba de Guarenas, década de 1940. Fotografía real.
La ceiba de Guarenas, década de 1940. Fotografía real.

Debemos preservar lo que nos da vida e identidad.

La ceiba de Guarenas, década de 1960. Fotografía real.
La ceiba de Guarenas, década de 1960. Fotografía real.

Fotografías relacionadas:

Derechos reservados, Campanario Urbano