¿Un Miércoles Santo sin procesión? Guarenas es un pueblo que respira tradición y fe. Cada Miércoles Santo, sus calles se iluminan con cirios encendidos, mientras un murmullo de plegarias se eleva en el aire. El Nazareno, con su paso solemne, ha sido por generaciones el corazón de esa devoción.

La historia de esta imagen se remonta a las últimas décadas del siglo XIX, cuando Ramón Blanco, antes de partir a España, la confió a su entrañable amigo Francisco González Arocha.

Tras su muerte, el 14 de abril de 1904, la responsabilidad pasó a su hijo, Pedro Ramón González Bello, quien ese mismo año fundó la Sociedad del Nazareno de Guarenas. Durante medio siglo, Pedro Ramón sostuvo la tradición junto a su hermana, María Francisca del Rosario, a quien todos llamaban Maina.
Nacida en 1863, fue mujer devota que cuidó cada detalle de la imagen del Nazareno. Para el pueblo, ella era el alma silenciosa de cada procesión, por lo cual todos la reconocían como la cuidadora del Nazareno.

En la Semana Santa de 1933, la calma se quebró: Maina falleció repentinamente el Martes Santo. Consternado por la muerte de su hermana, Pedro Ramón quedó sin fuerzas para atender los preparativos de la procesión del día siguiente. Fue el maestro Antonio María Piñate quien asumió ese año la tarea de preparar la imagen.

Al amanecer del Miércoles Santo, un cielo gris cubría Guarenas. Los fieles acudieron a la Iglesia de la Candelaria.

A las tres de la tarde, los cargadores alzaron al Nazareno, pero algo no estaba bien, pesaba demasiado. Con paso lento y fatigado, avanzaron hacia la puerta del templo, donde debía comenzar la procesión.

De pronto, los vientos comenzaron a rugir. Las nubes se volvieron más oscuras, y los árboles se agitaban con violencia.

Un trueno ensordecedor estremeció al pueblo, marcando el inicio de una tempestad. Las calles de tierra se convirtieron en ríos intransitables y, por única vez en la historia, el Nazareno de Guarenas no salió en procesión.

Entre relámpagos, vientos desatados y una lluvia torrencial, los pobladores apresuraron su regreso a casa, con el rostro marcado por el asombro y también por el temor.

Una idea comenzó a recorrer el pueblo, como si fuera una revelación, casi una certeza: el Nazareno, entristecido por la muerte de Maina, se había negado a salir en procesión. Guardaba luto por aquella mujer que durante casi tres décadas lo cuidó con devoción inquebrantable. Para el pueblo no había duda, aquello no había sido casualidad, sino una manifestación divina.

Aquel Miércoles Santo de 1933, en el que no hubo procesión del Nazareno, fue un día de dolor y angustia. Una historia que habla de la fuerza de la fe, del amor profundo y de cómo el misterio y el temor se manifiestan en lo humano. Un hecho que estremeció y conmovió a un pueblo entero y que permanece como parte de su memoria histórica.

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