Guarenas, a inicios del siglo XX, era un pueblo apacible, donde la vida parecía transcurrir al compás de las norias de trapiche y el murmullo del viento entre los almendrones. Desde La Llanada, los pobladores alzaban la mirada hacia el Pueblo Arriba, contemplando la cuesta empinada que los separaba, como si aquella subida fuese también un viaje hacia lo desconocido: La Alameda Plaza.
En medio de ese paisaje, se erguía una formación abrupta, cubierta de piedras y álamos, que pronto se convirtió en escenario de leyendas. El Cerro de Piedras, lo llamaban. Un lugar escarpado, difícil de transitar, que parecía guardar secretos insondables.

Se decía que allí, bajo su suelo, reposaba el busto del General Ambrosio Plaza, arrancado de la Plaza Mayor y enterrado como símbolo de resistencia para impedir que el distrito perdiera su nombre. Desde entonces, decían que el bronce del prócer vigilaba con severidad a los pobladores, recordándoles la afrenta.

Por las noches, voces extrañas emergían del cerro. Gemidos que helaban la sangre, susurros que parecían venir del más allá. Nadie osaba atravesarlo. El miedo colectivo lo convirtió en un territorio prohibido.

Aunque, en secreto, algunos sabían que no todos aquellos lamentos eran de ultratumba. La oscuridad ofrecía refugio a amantes furtivos, cuyos suspiros se confundían con los ecos del misterio. El Cerro de Piedras era tanto escenario de leyendas tenebrosas como de pasiones ocultas. Y es que desde finales del siglo XIX ya el Cerro de Piedras tenía fama de ser un sitio para enamorados.

Con el paso del tiempo, finalizando la década de 1910, el cerro comenzó a transformarse. Se abrió un sendero en su costado sur, se nivelaron sus terrenos, se sembraron jardines y se levantó un muro de tapia para separarlo de la Bajada de los Almendrones. Hermosas lámparas de kerosén iluminaron la noche, disipando las sombras. Entonces, los guareneros decidieron darle un nuevo nombre: Alameda Plaza. Un gesto de reconciliación, decían, para disculparse con el General Ambrosio Plaza por haber profanado su busto.


Y fue así como, bajo la luz cálida de aquellas lámparas, los gemidos desaparecieron. Ni voces espectrales ni amantes furtivos: solo el murmullo del viento entre los álamos y la risa de los transeúntes que, sin miedo, cruzaban la plaza incluso de noche. El Cerro de Piedras había renacido como Alameda Plaza, símbolo de ornamento y orgullo.
Pero el tiempo, inexorable, fue despojando a la Alameda Plaza de su encanto. Además, con la llegada de la electricidad a Guarenas en 1932, sus lámparas de kerosén ya parecían de una época olvidada, sin sereno que las encendiera.
Tras la muerte de Juan Vicente Gómez, el 17 de diciembre de 1935, los vientos antigomecistas alcanzaron a Guarenas. El jefe civil del Distrito Plaza, Miguel Felipe Chapellín, pidió a la Cámara Municipal reformar aquellos espacios y darles un nuevo nombre. La solicitud fue aprobada el 21 de septiembre de 1936 por el Concejo Municipal, presidido por Pedro José Sánchez, con apoyo económico del Estado Miranda bajo la gestión de Rufino Blanco Fombona.


La remodelación añadió balaustras, una caminería central, jardines laterales y un mirador hacia la Bajada de los Almendrones. La Alameda Plaza desapareció, dando paso a la Plaza Régulo Fránquiz, un homenaje a este clérigo mártir de la tiranía, cuya vida estuvo marcada por claroscuros, pues si bien fue un férreo opositor a Juan Vicente Gómez, también fue señalado por la propia Iglesia, acusado de apartarse de los cánones eclesiásticos y de haber obrado contra su ministerio por intereses políticos y de apoyo a Cipriano Castro.


Con los años, nuevas reformas borraron parte de su arquitectura original. En las décadas de 1960 y 1980, nuevas remodelaciones transformaron la fisonomía de la Plaza Régulo Fránquiz. Pero hubo algo que el tiempo no consiguió borrar: los guareneros, fieles a su picardía, comenzaron a llamarla Plaza de los Enamorados. Era como si la memoria colectiva recordara que aquel rincón, que en antaño había sido refugio de amantes furtivos en la penumbra, ahora era escenario de romances a plena luz del día.

Lo que alguna vez fue el temido Cerro de Piedras, luego la Alameda Plaza y más tarde la Plaza Régulo Fránquiz, sigue en pie, guardando no solo la huella de generaciones, sino también las cicatrices del olvido.

Quizás, al recorrerla, podamos escuchar un eco lejano: no de fantasmas ni de amantes ocultos, sino de la historia misma, que nos recuerda que cada rincón es parte del alma y la memoria de Guarenas y que descuidar estos espacios es también olvidar quiénes somos. La historia no se hereda intacta: se preserva o se pierde.

Fotografías relacionadas:

Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

