La Fiebre de Guacarapa

La fiebre de Guacarapa. La tarde del 17 de junio de 1924 cubrió a Guarenas con un gris amenazante. El viento soplaba del naciente al poniente, inquieto, como si anunciara algo más que lluvia. De pronto, en el número veintiuno de la calle Real, se escuchó un grito urgente:

—Inés Antonio, vente conmigo, tráete la quinina y el ruibarbo.

Botica Copacabana, en el número 21 de la calle Real de Guarenas, junio de 1924. Composición IA.
Botica Copacabana, en el número 21 de la calle Real de Guarenas, junio de 1924. Composición IA.

El aguacero respondió antes que el boticario. Los pasos apresurados de Inés Antonio se hundían en el barro mientras corría hacia la casa número diecisiete de la calle Ayacucho, en la Plaza la Candelaria.

Al entrar, la escena lo detuvo: María Luisa Álvarez, madre del niño Eleuterio, lo sostenía en brazos, apenas de un año y cuatro meses, cuyo cuerpo ya no respondía. A su lado, el padre Román ungía la frente del niño con óleo sagrado.

La Fiebre de Guacarapa, Guarenas, junio de 1924. Composición IA.
La Fiebre de Guacarapa, Guarenas, junio de 1924. Composición IA.

La joven Trinidad Catalina del Carmen abrazaba a la madre desconsolada. Al ver entrar a su padre, empapado por la lluvia y acompañado de Inés Antonio, le susurró:

—No aguantó papá, se fue.

Aquel hombre, con la tormenta aún escurriéndole del sombrero, lanzó una sentencia que marcaría la historia de Guarenas:

—Hay que poner en cuarentena al pueblo, voy a hablar con Téofilo.

Dos semanas antes, junio había comenzado con una serenidad engañosa. Una mañana, María de Jesús Gómez llegó angustiada al consultorio de la Plaza la Candelaria. Su hijo Alciro, de trece años, ardía en fiebre y temblaba de escalofríos.

El médico del pueblo, un hombre de mirada serena y oficio incansable, diagnosticó malaria, la vieja sombra endémica y devastadora del Estado Miranda. Indicó el tratamiento de rigor: agua de quinina, tintura de ruibarbo y reposo.

La Fiebre de Guacarapa, Guarenas, junio de 1924. Composición IA.
La Fiebre de Guacarapa, Guarenas, junio de 1924. Composición IA.

Pero Alciro empeoró. Una semana después, su piel se cubría de manchas oscuras y su respiración se volvía cada vez más difícil, entre vómito, diarrea y una marcada debilidad. El médico añadió al tratamiento láudano, agua de cebada, tartrato de antimonio y potasio.

Poco después, la Junta de Caridad visitó al joven en su casa de Guacarapa. Lo encontraron delirante, con la mirada perdida y consumido por un catarro bronquial. Su cuerpo se rindió el 12 de junio.

La fiebre de Guacarapa, junio de 1924. Composición IA.
La fiebre de Guacarapa, junio de 1924. Composición IA.

Ese cuadro médico del joven Alciro se repetía, dos semanas después, en el pequeño Eleuterio, también vecino de Guacarapa. Ahora la enfermedad comenzaba a revelar algo inquietante: no era malaria. Era más agresiva, más veloz y más implacable.

Las semanas siguientes se vivieron con un pánico creciente. Los casos se multiplicaron con una rapidez alarmante, sin distinguir raza, género ni edad. Lo más revelador era que todos tenían un mismo punto de origen: Guacarapa.

El jefe civil del Distrito Plaza, Teófilo Villarroel, ordenó cerrar el sector y restringir el paso en la Esquina de la Calzada. Pero la enfermedad ya había roto cualquier contención, extendiéndose hacia el Pueblo Arriba y La Llanada. Las calles quedaron vacías, reflejo de un pueblo que se encerró por temor a lo desconocido, cubierto por un silencio que solo nace del miedo.

Esquina de la Calzada (hoy calle Régulo Fránquiz con calle José Félix Ribas), Guarenas, año 1924. Composición IA.
Esquina de la Calzada (hoy calle Régulo Fránquiz con calle José Félix Ribas), Guarenas, año 1924. Composición IA.

El doctor abrió la sala de su propia casa para atender a quienes ya no podían esperar. El padre Román Banagués recorría las casas del pueblo, llevando consuelo y, cuando era necesario, la extremaunción. En la Botica Copacabana, Inés Antonio García Monascal preparaba sin descanso láudano con opio macerado en caña clara y canela; agua de quinina con sulfato puro; tónicos, infusiones y sedantes. Médico, cura y boticario cumplían así con el deber que la Junta de Caridad les había encomendado.

Durante la segunda mitad de 1924, 118 guareneros fueron alcanzados por la fatalidad de aquella fiebre desconocida.

Cortejo fúnebre en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana de Guarenas, junio de 1924. Composición IA.
Cortejo fúnebre en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana de Guarenas, junio de 1924. Composición IA.

El hombre que la había visto de cerca un centenar de veces, registró con detalle cada caso y cada síntoma. Ese hombre, el médico del pueblo, era el doctor Francisco Rafael García.

Doctor Francisco Rafael García (20/04/1865 - 05/04/1954). Médico de Guarenas. Composición IA.
Doctor Francisco Rafael García (20/04/1865 – 05/04/1954). Médico de Guarenas. Composición IA.

Como presidente de la Junta de Caridad, reunió sus hallazgos y presentó una reseña titulada La Fiebre de Guacarapa en el IV Congreso Venezolano de Medicina, celebrado en Caracas en diciembre de 1924, publicada posteriormente por la prestigiosa Gaceta Médica de Caracas.

La enfermedad, descrita por primera vez por el doctor Francisco Rafael García, siguió mermando a la población guarenera durante 1925, extendiéndose hacia el Distrito Paz Castillo, para luego desaparecer paulatinamente, sin que se conociera su origen ni su forma de transmisión.

No fue sino hasta 1938 cuando los doctores Jesús Rafael Rísquez, Jorge Figarella y Antonio Van Praag descubrieron finalmente la verdad: aquel enemigo invisible había sido tifus exantemático epidémico, una enfermedad transmitida por piojos.

El tifus exantemático epidémico era transmitido por el piojo encontrado en las plantaciones de café de Guarenas. Junio de 1924. Composición IA.
El tifus exantemático epidémico era transmitido por el piojo encontrado en las plantaciones de café de Guarenas. Junio de 1924. Composición IA.

La Fiebre de Guacarapa no solo habla de dolor; dejó en Guarenas una enseñanza que no figura en ningún tratado médico: la memoria de un pueblo que, sin comprender lo que enfrentaba y sin los recursos modernos, resistió con lo único que tenía: la Junta de Caridad. Allí, médico, cura y boticario se aferraron a la humanidad como último remedio contra una enfermedad que la ciencia tardó catorce años en comprender.

Junta de Caridad de Guarenas: Doctor Francisco Rafael García, Presbítero Román Banagués, Boticario Inés Antonio García Monascal. Año 1924. Composición IA.
Junta de Caridad de Guarenas: Doctor Francisco Rafael García, Presbítero Román Banagués, Boticario Inés Antonio García Monascal. Año 1924. Composición IA.

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