Hay historias que parecen esperar siglos para ser develadas, historias que se esconden a plena vista. En Guarenas, bajo la penumbra persistente de un templo religioso, existe un objeto que no siempre lució como lo vemos hoy. Una obra que entre oraciones y plegarias supo guardar sus secretos con la ayuda de los feligreses. Es el retablo de la Iglesia de la Candelaria, tallado por manos que desconocemos.
Ignoramos su fecha de elaboración; solo nos revela el año 1780, inscrito en un madero interno de su base, un año que no corresponde a su fabricación, sino a una modificación posterior. Pero este retablo guardó, durante generaciones, un secreto que nadie imaginaba. Si prestamos atención, notamos que algo no encaja en ese conjunto.
Cuando nos detenemos frente a él, percibimos la belleza de sus pilastras, de sus amorcillos y de sus orlas, elementos tallados en cedro amargo, recubiertos por un pan de oro que refleja una luz dorada en las paredes del templo.

En 1874, el Gobierno Venezolano avanzaba en su estrategia de secularización del espacio urbano. Como parte de esa maniobra, la Iglesia de San Jacinto en Caracas, fundada por los Dominicos en 1597, fue demolida para construir un mercado municipal.
Parte de las ruinas que el terremoto de 1812 había dejado en la Iglesia de San Jacinto fueron convertidas en una prisión, y en ella estuvo preso Antonio Leocadio Guzmán, padre de Antonio Guzmán Blanco. Por ello, no es descabellado ver esta operación como una venganza histórica, al convertir ese lugar en escenario del poder, de su linaje y de su proyecto político, erigiendo incluso una estatua de su padre en ese lugar.

La tradición oral narra que el retablo que estaba ubicado en la pequeña Capilla del Rosario de esa iglesia conventual fue extraído en secreto por manos piadosas en la fría noche, antes que demolieran el templo, con rumbo desconocido hacia los valles del este, encontrando su morada, o quizás su guarida, en una iglesia que estaba en plena construcción en la parte baja del pueblo de Guarenas.

Contra todo pronóstico, ese retablo halló refugio en un templo aún inconcluso, un lugar al que jamás habrían acudido quienes lo buscaban para apropiarse de su oro y destruirlo.

Durante décadas, los guareneros cuidaron a ese retablo; lo contemplaron, le construyeron un hermoso sagrario y mantuvieron el secreto de su procedencia. Se cuidaron de no dejar constancia de su verdadero origen en ningún libro eclesiástico, en ningún periódico y en ninguna tertulia, protegiéndolo así de la codicia gubernamental.
Ante la pregunta inquisitiva de cualquier foráneo que indagaba por la procedencia de aquel magno retablo, los guareneros sabían esquivar y ocultar la verdad. Con absoluta habilidad, mantenían a buen resguardo al retablo, entre medias verdades y silencios calculados.
El retablo, con poco menos de cuatro metros de altura, nunca llenó por completo el espacio del presbiterio de la Iglesia de la Candelaria. Su escala parecía pertenecer a otro lugar, como si hubiese sido tallado para una capilla más baja y no para la nave central de este templo de Guarenas. Ese evidente desajuste fue, a finales del siglo XX, la primera señal de que algo no terminaba de encajar.
Al observarlo con detenimiento, las pistas comienzan a revelarse. El retablo descansa sobre un banco y un sotabanco, añadidos para darle mayor altura. Sus pilastras, de estilo piramidal invertido, no coinciden en estilo ni ubicación con las pilastras rectas del banco. Las orlas superan en altura al banco, como si hubiesen pertenecido a otro retablo. Incluso, el pan de oro cambia de tonalidad entre un tramo y otro.

Fue a inicios de la década de 1980, durante la restauración del templo, cuando el silencio de más de un siglo comenzó a develarse. Al reensamblar el retablo, descubrieron lo impensable: sus piezas no encajaban, porque no habían nacido juntas. Era un conjunto barroco formado por elementos procedentes de distintos retablos. Los guareneros de antaño habían resguardado con tal celo aquel secreto que, incluso a finales del siglo XX, seguía sin conocerse su condición de ensamblaje.
El retablo de la Iglesia de La Candelaria no es uno, sino varios; no es una obra, sino muchas. Es un testigo de la destrucción y la salvación, un posible (pero improbable) sobreviviente de la demolición de la Iglesia de San Jacinto, que renació en una iglesia de pueblo para seguir contando la historia del barroco venezolano.
Al contemplarlo, estamos frente a una obra de arte de excepcional belleza, testigo de una historia de salvación, transformación e identidad; una historia que, aunque fragmentada, sigue siendo luminosa. Su origen, sin embargo, sigue siendo un misterio.
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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

