Un valle se abría como un tapiz infinito de hierbas, surcado por ríos que descendían desde las montañas y se unían para dar frescura y fertilidad. Era un lugar donde soplaba un viento perpetuo proveniente del oriente, que acariciaba con dulzura las ramas de la majestuosa cumaca y también las del totumo. En el corazón de aquella tierra fértil se gestó un destino que uniría fe, poder y memoria indígena, y comenzó a resonar un nombre que pronto se inscribiría en los documentos coloniales: Guarenas y el origen de su nombre.

La Corona Española había ordenado congregar a los pueblos originarios de Tierra Firme en poblados de doctrina, a fin de evitar la explotación de los naturales, sometidos por los encomenderos.

Dos figuras se alzaron como artífices de ese mandato real: el Gobernador de la Provincia de Venezuela, Francisco de la Hoz Berrío y Oruña, y el Obispo de Coro, Gonzalo de Angulo.

Ambos, en alianza de lo civil y lo eclesiástico, instruyeron al Capitán Pedro JoséGutiérrez de Lugo y al Vicario Gabriel de Mendoza, quienes constituyeron un cabildo con los caciques de las etnias chagaragotos y mariches, acordando la elección y delimitación de unas tierras altas situadas a dos leguas del asentamiento de la etnia petare.

Así, el 14 de febrero de 1621, se fundó un pueblo de indios chagaragotos y mariches.

El Obispo Gonzalo de Angulo, decidido protector de los indígenas, dio continuidad al culto de la Virgen de Copacabana, oficializado en 1607 por el Obispo Fray Antonio de Alcega.

El Gobernador, por su parte, era fervoroso devoto de esta Virgen, tanto que en 1618 la proclamó Abogada de las Lluvias, ordenando que cada vez que la sequía hostigara al pueblo se celebrara su procesión por las calles de Santiago de León de Caracas.

Cuando el pueblo fue finalmente reubicado en tierras más fértiles, pertenecientes a la etnia Guarenas, la unión de tres fuerzas se hizo evidente: la fe en la Virgen de Copacabana impulsada por el obispo, la autoridad del gobernador que la proclamó protectora de las lluvias, y la raíz indígena que daba nombre a esas tierras.

De ese cruce de caminos nació una revelación solemne: el pueblo sería llamado Nuestra Señora de Copacabana de las Guarenas.

No era solo un topónimo, sino un símbolo. La Virgen protegía las cosechas y garantizaba las lluvias; la ley imponía orden y dignidad; y la memoria indígena quedaba inscrita en el nombre del pueblo.
Así nació Guarenas, fruto de la fe, la ley y el trabajo, con un nombre que aún guarda la resonancia de su origen y el eco perdurable de aquel día en que la Virgen de Copacabana y la etnia guarenas se unieron para dar identidad a un pueblo.

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