El 25 de mayo de 1924, nació en Guarenas un niño que, sin que nadie lo sospechara, traería de vuelta una técnica escultórica olvidada. Luego, y con apenas veinticinco años, sus manos moldearon figuras que parecían respirar; figuras que hablaban de la vida cotidiana y de las creencias de un pueblo; fue un arte rescatado. El sur del continente, y luego el mundo entero, lo reconocieron como el Primer Tanagrista de América.
Armando Urbina, merecedor de 26 premios internacionales, rescató aquella técnica escultórica de la Grecia Occidental del siglo IV: estatuillas de terracota de la ciudad de Tanagra. ¿Y cómo lo logró? Con la fuerza de un talento irrepetible y la convicción de que el arte podía ser puente entre siglos, memoria y cultura.

Pero detrás de ese triunfo había un hombre incomprendido. Su mentalidad progresista y sus obras teatrales cargadas de crítica social, lo enfrentaron a la incomodidad de una sociedad guarenera conservadora.
Pero Armando no se detuvo: ideó ferias de arte popular, desplegó relucientes carnavales artísticos, fundó el Centro Experimental de Arte, levantó escuelas de música, danza y teatro, trayendo a Guarenas figuras como Juana Sujo, César Rengifo, Román Chalbaud, Amalia Pérez Díaz, Rafael Briceño e Isaac Chocrón. Su empeño era convertir a su pueblo en un eje cultural.


La historia lo recuerda también como el hombre que, en 1963, abrió las puertas del Teatro El Corral, y que en 1967 desafió al terremoto, porque cuando ese teatro quedó en ruinas, Armando Urbina lo mantuvo a sala llena con la obra El Diente, demostrando que el arte podía resistir incluso a la furia de la tierra.

Sin embargo, no fue la naturaleza la que derrumbó aquel teatro, sino la incomprensión de un pueblo que lo redujo a ruinas. Por ello, Armando Urbina llevó su visión a otros lugares. Es así como en 1975 inició talleres teatrales con jóvenes de Tapipa, debutando al año siguiente el Teatro Negro de Barlovento durante el Tercer Festival Internacional de Teatro.

Su vida fue un peregrinaje de sueños y sacrificios. Regaló a Guarenas la escultura Canto a la Agricultura, símbolo de unión entre el hombre y la tierra, una advertencia contra el olvido de nuestras raíces. Escribió obras como La Voz de Prometeo, El Pueblo Pone los Muertos, Changó y Malabí-Maticú-Lambí, todas atravesadas por la urgencia de hablar de lo que otros callaban.

Y sin embargo, el 28 de febrero de 1983, Armando Urbina murió sin ver cumplido su mayor anhelo: ver convertida a Guarenas en el pilar cultural que había imaginado desde niño.
Hoy, al recordar su natalicio, no basta con evocar sus premios ni sus obras. Lo que nos convoca es la deuda que aún tenemos con él. Porque Armando Urbina dio lo mejor de sí para que Guarenas brillara en la cultura, y este pueblo todavía le debe ese sueño.

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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

