En febrero de 1963, las calles de Guarenas se llenaron de un murmullo distinto, en donde reinaba un aire de expectativa. El pueblo entero se preparaba para un acontecimiento que no solo sería celebración, sino también arte, memoria y emoción compartida. Todos supieron convertir su imaginación en carnavales y arte en Guarenas.
Las familias se reunían en las esquinas, los niños corrían con la mirada encendida, y los mayores aguardaban con esa mezcla de curiosidad y orgullo. Algo estaba por suceder, algo que transformaría las calles en un escenario vivo: los carnavales artísticos de Guarenas.

En ese año no hubo unas simples carnestolendas, sino la expresión más sublime de la creatividad guarenera.
Guiados por el maestro Armando Urbina, los jóvenes se convirtieron en protagonistas de un espectáculo que aún hoy late en la memoria colectiva. El pueblo entero vibró con esa energía, y con esa entrega que convirtió cada rincón en un lienzo de color y emoción.


Lo más extraordinario aún estaba por revelarse, porque no bastaba con la música y el papelillo. El verdadero corazón de aquellos carnavales fueron sus carrozas.

Obras majestuosas, concebidas con paciencia y pasión, recorrieron las calles del pueblo como si fueran ríos de fantasía. Cada carroza era un universo propio, un relato visual que despertaba asombro y aplausos.

Así vimos a Los Diablos Danzantes, con su fuerza ancestral; a La Comparsa de Dominó, juguetona y vibrante; a La Ronda de los Degenerados, irreverente y festiva; a El Imperio de Plutón, con jóvenes que encarnaban personajes de otro mundo. También desfiló la carroza de Apolo. Pero la que llamó la atención de los jueces fue la carroza de Cleopatra, la cual se alzó con el primer lugar.

Y por supuesto, aquella carroza que desató asombro, murmullos y sonrisas: la de Adán y Eva, donde los muchachos vestían una malla tan perfecta que parecían estar desnudos. Las señoras del pueblo, entre risas y sorpresa, murmuraban: «¡Mira a Eva! apenas lleva una ramita verde».

Pero el momento cúlmine, el que aún hoy se recuerda con un brillo especial, fue la aparición de La Carroza del Universo. Sobre ella, la presencia luminosa de la Miss Mundo Susana Duijm. Su belleza y elegancia impactaron de tal manera que el pueblo entero quedó suspendido en un silencio reverente, seguido por un aplauso que parecía interminable.

Hoy, al evocar aquellos carnavales, no pensamos únicamente en carrozas y disfraces. Recordamos a un pueblo que supo transformar su voluntad en arte y su creatividad en legado. Fueron calles que se convirtieron en escenarios, familias que se hicieron artistas, y una memoria colectiva que aún palpita en un tiempo que parece desvanecerse. Es la huella de una Guarenas que, entre risas y asombros, convirtió la vida cotidiana en un acto sublime de belleza compartida.

Quizás algún día, la sociedad civil vuelva a tomar la batuta y nos regale otra vez esa magia. Porque Guarenas merece recuperar sus carnavales artísticos, para volver a sentir esa emoción que nos recuerda que la verdadera fiesta no está en el ruido, sino en la capacidad de un pueblo de soñar juntos.

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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

