El lugar que todos evitaban en Guarenas: ¿sabes dónde está ubicado? Ahí ocurre el encuentro de los ríos.
Hay lugares que, aun cuando ya no se ven fácilmente, siguen latiendo bajo la piel de los pueblos. Rincones que permanecen ocultos, como si aguardaran el momento de recordarnos que alguna vez fueron escenario de historias que rozaron la tragedia.
En Guarenas hubo un paraje así, un espacio donde, a veces, la naturaleza parecía murmurar advertencias que pocos sabían escuchar.
Decían los viejos que, en ciertas tardes, el viento sonaba distinto, como si trajera un aviso, por lo cual era mejor evitar un sitio al noroeste de Guarenas, en donde ocurre el encuentro de los ríos Caucagua y La Guairita, tal como se les conocía en tiempos antiguos.
Ese punto donde los ríos se unen con ímpetu, los guareneros lo conocían como Las Adjuntas. Hoy, la avenida intercomunal complica distinguirla, pero ahí sigue, aguardando su momento para hacerse sentir.

Quienes la conocían bien repetían siempre la misma advertencia a quienes iban a Curupao: «¡No cruces por las Adjuntas!»
Josefa García, a quien todos conocían como Mimina, conocía esa advertencia mejor que nadie, porque su primo, Pedro Abelardo, se la repetía cada vez que ella organizaba sus paseos hacia Curupao y El Rincón.
Pero un día de 1955, algo extraño sucedió. El cielo estaba claro y la brisa templada, por lo cual Mimina decidió llevar a la muchachada a darse un chapuzón en el río.
Pedro Abelardo se asomó al patio, miró el color del cielo y, con tono serio, le dijo:
—Ya sabes, cruza más arriba, por la Vaquera.

Mimina se fue incrédula y confiada, con sus maletines en mano y sus 63 años bien plantados.
Al llegar a Las Adjuntas, observó la corriente. La vio tranquila, demasiado tranquila.

—Vayan más arribita y crucen por la Vaquera —les dijo a los muchachos— que yo cruzo por aquí.
Y entonces, voluntariosa, dio un solo paso.
La corriente la tomó por los tobillos y, antes de que pudiera reaccionar, la arrastró río abajo.

Los muchachos gritaron su nombre, pero solo el río respondió. Mimina, de pronto, había desaparecido.
La advertencia repetida durante años se convertía en presagio cumplido: Las Adjuntas, traicionera, reclamaba a Mimina como suya.
Pero Mimina no soltó sus maletines, los abrazó como si fueran salvavidas y, mientras la corriente la arrastraba, emergió, resistió y flotó, hasta lograr orillarse y tocar tierra firme.

Los muchachos corrieron hacia ella. Mimina, con risa nerviosa y voz temblorosa, exclamó:
—Yo sabía que más adelante no era hondo y podría salir.
Y así, con la ropa mojada, se quedó hasta que el sol la secó y disfrutó del río como si nada hubiera pasado. Pero desde ese día dejó de cruzar por Las Adjuntas, un lugar prohibido, y comprendió que el camino se conoce andando, pero se entiende escuchando.

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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

