En diciembre, el aire de Guarenas se llena de aromas, aromas que despiertan recuerdos. En cada casa algo se prepara con un toque de secreto familiar, algo que es símbolo de identidad, de unión y de esperanza: La hallaca.

El guiso es preparado con esmero, un mapa de afectos en donde se mezclan sabores y nostalgias.
En aquella Guarenas lejana, todos se turnaban para prensar el maíz blanco en el pilón. El fogón estaba encendido, listo para hervir el grano pilado.

Y finalmente, lo trituraban en la piedra de moler para obtener la mejor de las masas.

El onoto pintaba con el color de la alegría, mientras las hojas de plátano eran asadas con paciencia.

Cada gesto era un acto de unión, y cada paso una celebración compartida, porque la hallaca se convirtió en ese símbolo de unión, en un tesoro que guarda en su interior la memoria de un pueblo, la fuerza de una tradición y la esperanza de un mejor porvenir.
Una de las mayores alegrías de la Navidad guarenera era regalar y recibir hallacas. Ese gesto sencillo era mucho más que un intercambio de sabores: era un acto de fraternidad, una señal de confianza, un puente entre familias, amigos y vecinos. Cada hallaca entregada llevaba consigo la promesa de amistad y la convicción de que compartir es la esencia misma de la Navidad.

Pero, en cada hallaca siempre hay un misterio, un secreto que no se revela de inmediato. Bajo la hoja de plátano, más allá del guiso, aparecen pequeñas joyas que transforman a este plato navideño en algo sublime: Los adornos.
¿Será acaso en los adornos donde se esconde la verdadera magia de la hallaca? Ese instante en que la hoja de plátano se abre y revela un universo de colores.
La tira de pimentón que atraviesa la masa como un trazo festivo, las pasitas que parecen pequeñas joyas, los aros de cebolla que asemejan coronas celestiales, la aceituna verde con su pupila roja encendida, la pieza de pollo, o el tocino con su aroma profundo, y por qué no, una pieza de cerdo, o una rueda de huevo sancochado que brilla como un sol, o la ciruela pasa, oscura y dulce.

Porque si bien el guiso es el gran secreto, que hasta garbanzos puede llevar, son los adornos y su disposición los que convierten a cada hallaca en un relato único, en un poema de sabores que cada familia escribe con orgullo.

Hoy, en medio de un mundo que cambia y nos desafía, la hallaca sigue siendo un recordatorio de lo esencial: la unión, el compartir y la esperanza.
Al abrir una hallaca, no solo descubrimos sabores; descubrimos la certeza de que la vida, pese a todo, siempre guarda un motivo para celebrar. Y la hallaca es símbolo de ese anhelo, de ese esfuerzo y de esa unión que nos sostiene en los momentos difíciles.

Y tú, ¿qué adornos le pones a tu hallaca?
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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

