A la una de la tarde de un viernes de mayo de 1939, la campana de la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana estremeció el aire de Guarenas. Su bronce, habituado a anunciar la solemnidad de la Santa Misa, vibró en un horario insólito, con un eco que no parecía un llamado a la oración; resonó a tristeza, fue un repique inesperado.

Los vecinos, extrañados, se asomaron a puertas y postigos, mirando hacia el campanario. El pueblo, acostumbrado a la calma, se agitó por el misterio: ¿qué anunciaba ese tañido fuera de tiempo? Por algunos segundos, aquel viejo campanario atrajo miradas intrigadas.

Al bajar la mirada, una figura reposaba sobre la calle de tierra. Inmóvil, serena, envuelta por una leve polvareda. Los pobladores, temerosos, se acercaron.

Ahí estaba, una silueta delgada, gentil, con el rostro cubierto por una mantilla blanca que dejaba entrever una cabellera dorada. El sol reflejaba en su piel de porcelana un brillo de luna llena, mientras un rojo intenso teñía la escena con la señal de un destino inexorable.

Semanas antes, la Plaza Bolívar había sido testigo de la alegría: Sixta, joven guarenera, dejaba ver en su mirada la emoción de un corazón enamorado. En un banco de la plaza, escuchaba las promesas de su cortejador, imaginando el futuro próspero y feliz que aquel hombre le prometía. Sus días transcurrían entre la Botillería Plaza de Don Epifanio García, donde brindaba sus labores, y en acudir cada domingo a la Santa Misa.

Pero aquel viernes, la campana reveló otra historia. Los vecinos, al retirar la mantilla, reconocieron con amarga sorpresa que aquella figura tendida en la calle era Sixta.

El rumor se extendió: engañada y desilusionada por ese primer amor, entró al templo, subió las escaleras del coro y abrió la puerta hacia el campanario. Estando arriba, cubrió su rostro con la mantilla y, al acercarse al ventanal, rozó sin querer la campana, haciéndola sonar, para luego entregarse a un silencio eterno.


Aquel día no fue una campana lo que resonó; fue el latir de un alma que pedía compañía, el susurro de un corazón que reclamaba cuidado, una vida que imploraba atención.

Un año después, a la misma hora, la campana volvió a sonar. Alarmados por lo ya vivido, los vecinos salieron a la calle esperando lo peor, pero no había nadie. Las señoras, con rosarios en mano, comenzaron a rezar por el alma atormentada de esta joven guarenera que parecía habitar aún en el campanario. Los guareneros aseguraban escuchar cada año un toque de campana a la una de la tarde, hasta que el viejo campanario fue demolido en 1957, llevándose consigo la leyenda.
Este acontecimiento conmovió a Guarenas. Fue un hecho que mostró la inocencia del corazón y la fragilidad humana. Una historia que nos recuerda la necesidad de acompañar, de escuchar, de tender la mano, de no aislarse y de buscar ayuda en los momentos apremiantes.
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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

