Desde 1621, cuando el presbítero Gabriel de Mendoza y el capitán Pedro José Gutiérrez de Lugo señalaron el lugar donde se construiría la iglesia del recién fundado pueblo de Nuestra Señora de Copacabana de las Guarenas, la historia de este templo ha estado marcada por la tierra que la sostiene y por los terremotos que la han querido derribar.
Aquella primera construcción, levantada con la renuencia de los encomenderos y la urgencia de cumplir con la real cédula de Felipe III, fue apenas un refugio humilde: paredes de caña amarga entretejida cubiertas con barro arcilloso, horcones de madera, techo de palma y un altar sencillo. No tenía sacristía ni torre; era un templo provisional, hecho con rapidez por manos indígenas guiadas por un maestro de obra español, una mezcla de tradición católica y saber ancestral de los chagaragotos y los guarenas. Durante dos décadas, aquel pequeño recinto recibió modificaciones que nunca lograron apartarlo de su austera presencia.

La mañana del 11 de junio de 1641, el suelo de Guarenas rugió con fuerza. Ese terremoto quebró las paredes de bahareque, venció los horcones y desplomó el techo de palma. La primera iglesia del pueblo quedó en ruinas.
El presbítero Hernando Da Silva asumió entonces la tarea de levantar un templo digno de una comunidad ya asentada. Guarenas contaba ahora con carpinteros, alfareros y maestros de obra capaces de construir con técnica y paciencia.
La segunda iglesia se alzó con paredes de tapia, levantadas en encofrados donde la tierra húmeda se apisonaba con cuidado. El techo de alfarje sostenía un tablazón y sobre éste reposaban las tejas hechas con la arcilla roja extraída al sureste del valle de Guarenas. El piso de adobe completaba un templo sencillo pero firme. Aun así, seguía siendo de una sola nave, sin sacristía ni campanario.

Más de un siglo resistió aquella iglesia hasta que, en la madrugada del 21 de octubre de 1766, el terremoto más fuerte que se ha sentido en Venezuela la hirió profundamente. Sus paredes de tapia se agrietaron y el tablazón cedió bajo el peso de las tejas. A partir de ese momento, el presbítero Luis Maestre celebró la misa en la plaza mayor, frente a la iglesia derruida, mientras el pueblo esperaba un nuevo comienzo.
Ese comienzo llegó con el presbítero Pablo José Romero, quien gobernó el curato de Guarenas durante dieciocho años y dedicó quince de ellos a la construcción de un tercer templo.
Cuando el obispo Mariano Martí visitó Guarenas en marzo de 1784, plasmó en su diario la descripción de una iglesia que por fin tenía la fuerza y la presencia que el pueblo necesitaba. Pilares circulares de adobe, dispuestos en dos hileras, sostenían arcadas longitudinales que separaban tres naves amplias. Las paredes, también de adobe, estaban reforzadas con contrafuertes que prometían estabilidad ante cualquier terremoto. El techo era de par y nudillo, con vigas inclinadas y horizontales, lo que ofrecía belleza y resistencia. La fachada estaba coronada por un arco de ladrillos que daba acceso a la banda central, flanqueada por la banda del evangelio, donde se proclamaba la palabra, así como por la banda de la epístola, donde se leían las cartas enviadas a las primeras comunidades cristianas. Este templo contaba con sacristía, tenía un majestuoso altar mayor y un pequeño coro sobre la entrada, sujetado por vigas de madera. Por primera vez, se le edificó una torre de mampostería de cuatro cuerpos: en el primero se hallaba la fuente bautismal y en el cuarto cuerpo el campanario. El pueblo entró asombrado en su nueva iglesia, admirando su altura y su solidez. Era un hito arquitectónico para aquella Guarenas de la segunda mitad del siglo XVIII, la cual estaba decidida a no perder nunca más su recinto de fe.

Tres décadas después, en la tarde del 26 de marzo de 1812 —Jueves Santo—, mientras los guareneros asistían a la Misa Vespertina de la Cena del Señor, la tierra volvió a estremecerse con el terremoto más mortífero de la historia venezolana. El templo resistió con nobleza; sus columnas y su techo protegieron a los feligreses. Pero dos estructuras añadidas no sobrevivieron: el coro de tablones cayó y la torre del campanario colapsó, destruyendo el baptisterio. La tristeza fue profunda y no se celebró misa dentro del templo, sino hasta noviembre, cuando se retomaron también los bautizos.
Sin embargo, la voluntad de Guarenas no se quebró. Durante los quince años siguientes, bajo los ministerios de los presbíteros José Estanislao González, Miguel Peraza y Bernardino Orta, el templo recuperó su coro, amplió su sacristía y enriqueció su presbiterio. Lo más notable fue la construcción de una nueva torre de campanario en la parte posterior del templo, alta y orgullosa.

Casi un siglo después, en la madrugada del 29 de octubre de 1900, otro terremoto recordó al pueblo que la naturaleza nunca deja de hablar. La iglesia resistió, pero su fachada de tapia se resquebrajó y tuvo que ser demolida. El padre Bernardo Millán abrió las puertas laterales para que la celebración de la misa continuara en las semanas siguientes. Pero la torre posterior —la construcción más alta del pueblo pare ese momento— quedó destruida. Incontables veces se escuchó al pueblo decir, con voz amarga, que la iglesia había perdido su torre.
En 1905, una nueva fachada colonial se levantó con tres puertas de arcos de medio punto, tres ventanales con balcones y una cornisa elegante. Se añadió una modesta torre sobre la cornisa del lado derecho, la cual nunca logró confortar a los guareneros por la pérdida de su antiguo campanario posterior.

En 1954, junto al padre Argentino Sabena, Guarenas emprendió una gran remodelación arquitectónica y artística de su iglesia parroquial. El arquitecto Giovanni Oreste Della Piana, el escultor Emilio Musso, el orfebre Conrado Vigni y el pintor Giuseppe Calvi fueron convocados por la Junta Pro-Templo para participar en la transformación del recinto. La fachada colonial dio paso a una fachada neoclásica, con claraboyas en lugar de puertas laterales, ventanales en lugar de balcones y un ático coronado por una cruz. El 20 de noviembre de 1957, el altar mayor y las capillas laterales fueron consagrados por su Excelencia Monseñor José Rincón Bonilla, obispo auxiliar de Caracas. Al día siguiente, durante la Solemnidad de Nuestra Señora de Copacabana, el arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Ignacio Arias Blanco, inauguró la obra arquitectónica y artística del templo. Dos años después comenzó la construcción de la nueva torre del campanario, levantada en la parte posterior, en el mismo lugar donde había estado la torre destruida por el terremoto de 1900.

Pero la tierra se hizo sentir de nuevo la noche del 29 de julio de 1967. El templo resistió una vez más. Los guareneros, temerosos, preguntaron de inmediato por la torre recién construida, la cual permaneció en pie. La fachada, sin embargo, mostró una gran grieta que fue reparada poco después.
Casi seis décadas más tarde, ya elevada a catedral desde enero de 1997, la estructura sufrió los embates del doble terremoto del 24 de junio de 2026. Su fachada, su cornisa, su ático y varias estructuras internas resultaron severamente dañadas. Hoy se somete a una restauración profunda para recuperar su esplendor, en vísperas de los treinta años de la diócesis de Guarenas y de la coronación canónica de Nuestra Señora de Copacabana.
Porque, como aquellos guareneros del siglo XVIII, la ciudad sigue decidida a no perder jamás su templo. La catedral permanece en pie, herida pero firme, como si cada terremoto hubiese sido una prueba más de la fe del pueblo que la sostiene.
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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

