Celebración de La Copacabana de Guarenas

Por Tomás González Patiño. Retumban todavía en mi memoria las notas musicales del trombón, la trompeta, el saxofón y los otros instrumentos que formaban parte de la orquesta que amenizaba la celebración de La Copacabana de Guarenas.

Casi siempre el grupo musical que actuaba en esas fechas era el dirigido por el gran maestro e insigne guarenero, Benito Canónico. A las seis de la mañana, con el ruido de truenos y cohetes, se iniciaba el paseo, llamado “La Calenda.” Los músicos, a bordo de un camión, se trasladaban por las principales calles del pueblo, alborozándolas con bellas melodías. Era emocionante el alegre despertar en los días diecinueve al veintidós de noviembre, aunque el día patronal era sólo el veintiuno, celebrado en honor a Nuestra Señora de Copacabana.

La proximidad de la fecha generaba un ambiente festivo y de solidaridad en la reducida población de esos momentos. La celebración de La Copacabana de Guarenas era un hito anual en la tranquila y apacible vida de la época.

Hoy, dada la cercanía a la patronal festividad, giré la mirada hacia los recuerdos de la que viví por allá a finales de la década de los años cuarenta del siglo pasado. Muchas imágenes, aunque borrosas y desteñidas por el tiempo, encontré de aquel entonces.

Recuerdo que varias semanas antes, en la Casa Parroquial, era nombrada la junta organizadora de las festividades, la cual era integrada por varias personalidades, que sin remuneración alguna, se encargaban de programar y organizar los actos que se desarrollarían durante los días patronales. Por su trabajo y dedicación, resaltaba como miembro indispensable y permanente de aquel conjunto de personas, la del señor Jesús María Espinoza, al cual hay que reconocerle el celo con que llevaba a cabo su participación en tal evento.

En los días previos a la celebración de La Copacabana de Guarenas, colocaban una hilera de bombillos que en diagonal cruzaba las calles de la plaza y alrededores, cuya claridad imprimía alegría. Comenzaban a llegar guareneros que vivían en otros pueblos y también los vendedores ambulantes que ofrecían toda clase de golosinas, comidas y hasta juegos de azar. Básicamente se situaban en la calle norte de la plaza. Entre lo que ofrecían, recuerdo las cotufas, el algodón de azúcar, jugos naturales, la arepa rellena con sardinas, que llamaban “Lapa,” los anteojos “view master,” que eran nuestra delicia, acertijos y otros más. También acudía el fotógrafo con su voluminosa cámara que portaba sobre un trípode. De ella colgaba una manga de tela gruesa, por donde él hacía el revelado de las fotos. En una de las calles de acceso a la plaza se instalaba un camión heladero. En fin, había un gran movimiento de personas.

Plaza Bolívar de Guarenas, año 1950
Plaza Bolívar de Guarenas, año 1950

La alegría era contagiosa y el sentido de solidaridad, manifiesto durante la celebración de La Copacabana de Guarenas. Era la época de estrenar ropas y calzados. Además, la de degustar exquisitos platos. En fin, todo era fiesta.

El día diecinueve, los feligreses daban la bienvenida al Señor Arzobispo, quien venía desde Caracas para asistir a tan magno evento. Para ello acudían en grupo a La Calzada, que era la puerta de entrada al pueblo. El día veintiuno, fecha central, la misa mayor que era en honor a la Virgen, se realizaba a las diez de la mañana.

Los Oficios religiosos eran presididos por el Señor Arzobispo. La celebración de la Santa Misa era por todo lo alto, cantada y con el acompañamiento de la orquesta. A su terminación, irrumpía la música en frente a la Iglesia y se procedía a la quema de la pólvora. Ésta era una hilera del negro y explosivo polvo que se extendía sobre las aceras de la mitad de la plaza, sobre la cual se colocaban truenos que, en la medida que avanzaba el fuego, iban explotando. El último, era el de mayor ruido.

En esos momentos no se obsequiaban las cintas alegóricas, como años después se hacía desde la casa de mi tía. Seguidamente, un grupo de personalidades invitadas pasaba a la Casa Parroquial, donde se servía lo que llamábamos “El Banquete”, el cual era atendido por muchachas guareneras. En la tarde salía en procesión alrededor de la Plaza Bolívar, la imagen de La Virgen.

Dos filas de personas, una de cada lado de la calle, todas dotadas de velas, caminaban delante de la imagen, la cual se desplazaba lentamente. Detrás un tanto amorfo, un grupo de feligreses caminaba en compañía de la imagen.

Todas las noches de esos cuatro días, entre ocho y once, había retreta en la Plaza Bolívar, alrededor de la cual, durante la velada, paseaban las personas. Las damas lo hacían entrelazadas con sus brazos. Los jóvenes que ya empezábamos a pisar el terreno, algunas veces cenagoso de la adolescencia, girábamos en sentido contrario al de la chica de la preferencia, para verla dos veces en cada vuelta. El cruce de miradas era lo máximo.

La música era de corte popular, yo diría como la de Los Antaños del Estadio. Recuerdo Mi Lavandera, Brujería, Pica Pica y otras. El día veintidós, último día, se celebraba la fiesta de Las Hijas de María. Las actividades del día comenzaban en la mañana, con la celebración de la Santa Misa y por la tarde la procesión de La Virgen, cortejada por muchachas de la congregación, todas con trajes de color blanco y una franja azul celeste de cinturón.

Celebración de La Copacabana de Guarenas. Procesión de la Virgen de Copacabana de Guarenas durante las Fiestas Patronales del 21 de noviembre de 1955.
Procesión de la Virgen de Copacabana de Guarenas durante las Fiestas Patronales del 21 de noviembre de 1955.

Esa noche era la última retreta de las festividades, la cual se desarrollaba de la misma forma que las anteriores. Con El Totumo de Guarenas, Alma Llanera de los guareneros, se declaraban concluidas las festividades. Como todo, Las Fiestas Patronales llegaban a su fin, pero no así, la protección de la virgen guarenera.

Después de la celebración de La Copacabana de Guarenas, volvió a ser el pueblo apacible, tranquilo y bucólico, el de la gente buena, acogedora y solidaria, aquella sensación de ciudad que generaba la euforia de la Fiesta, ya no estaba.

A más de uno, en la resaca espiritual que dejó el hito Patronal, quedó el consuelo de las vecinas fiestas decembrinas.

Volvió el cine de Mendoza, los baños en las frías y cristalinas aguas del río La Guairita, las excursiones a Curupao y los juegos en el cerro. Era la Guarenas del Pueblo Arriba y La Llanada. La de La Pelota, Pariata, La Plazoleta, La Llanadita, La Candelaria, El Placer y tantos otros lugares; era la que llegaba desde La Calzada hasta El Guacharacal y desde El Borde Sequia hasta El Calvario.

La de las haciendas y la gente trabajadora. Era la que en mí dejó tantas vivencias, que el tiempo convirtió en recuerdos.