Suena la Campana

Un símbolo arquitectónico de Guarenas, durante la primera mitad del siglo XX, fue su campanario, ubicado por encima de la fachada del templo consagrado a Nuestra Señora de Copacabana. Era una pequeña torre ortoédrica que estuvo en el lateral suroeste de la iglesia y que poseía un ventanal en cada uno de sus lados. «Suena la campana» decían cada año los guareneros.

Dentro de ella estaba una pequeña y antigua campana, la cual tenía su badajo, ese pedúnculo que colgaba en la parte interna de su copa y que al golpearla producía su inconfundible sonido. Una cuerda estaba atada al badajo, para que el sacristán pudiera hacer repicar el bronce y dar los tres avisos antes de la Santa Misa.

En la estructura del coro del templo, una puerta permitía el acceso al campanario. Sus cuatro ventanales tenían una pequeña viga horizontal a modo de seguridad para quien hacía repicar la campana.

El sonido de esta campana era escuchado en el Pueblo Arriba y La Llanada, pero con mayor fuerza en la Plaza Bolívar, donde los pueblerinos establecían sus tertulias y encontraban un espacio para la calma.

Y fue en la Plaza Bolívar donde una joven guarenera sintió las primeras palpitaciones de su corazón enamorado. En ese lugar disfrutaba la compañía y la voz de su joven cortejador, pensando en la vida próspera y feliz que aquel hombre le prometía. Sus días transcurrían entre las labores de limpieza en una casa cercana a la Plaza Bolívar, asistir a la Santa Misa cada tarde y disfrutar de las tertulias que entablaba con su enamorado.

Una tarde calurosa, cerca de las 3 de la tarde, las calles del Pueblo Arriba de Guarenas estaban solitarias, pues todos se encontraban en sus casas tomando el acostumbrado descanso. De pronto se escuchó un toque de campana, lo que extrañó a muchos, ya que no era hora para el primer aviso de misa.

Varias personas se asomaron y miraron hacia el campanario, no habiendo nadie en ese espacio. Pero al bajar la mirada notaron que alguien yacía en la calle de tierra. Alarmados, corrieron hasta el lateral del campanario para encontrarse con una triste escena. Sin lugar a dudas, era una mujer la que estaba tendida en el suelo, cuyo rostro estaba cubierto por una mantilla de encaje color blanco, la cual hacía resaltar el rojo intenso de la sangre que presagiaba el peor de los resultados. Al retirar la mantilla de su rostro pudieron constatar que se trataba de esta alegre y joven trabajadora, quien además había sido una feligresa muy colaboradora.

Antiguo campanario frontal de la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana de Guarenas, década 1950. "Suena la campana", decían cada año los guareneros.
Antiguo campanario frontal de la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana de Guarenas, década 1950.

Al poco tiempo el pueblo se enteró que, ante la desilusión de ese primer amor, ella decidió terminar con su vida. Viendo que la puerta del lateral sur de la iglesia estaba abierta, ella entró y subió hasta el coro, abrió la puerta que conduce al campanario y subió esas últimas escaleras. Estando arriba, cubrió su cabeza y rostro con la mantilla, se acercó hasta el ventanal lateral del campanario, moviendo sin querer el badajo de la campana, haciéndola sonar, para luego dejarse caer al vacío.

El tiempo pasaba y los guareneros aún mantenían en su mente ese trágico suceso de aquel pueblo bucólico. Y justo un año después, a las 3 de la tarde, cuando todos descansaban en sus casas, se escuchó un toque de campana. De nuevo y alarmados por lo ya vivido, los vecinos salieron a la calle y miraron al campanario, pero no había nadie. De inmediato las señoras tomaron sus rosarios y comenzaron a rezar en sus casas, rogándole a Dios que perdonara el alma atormentada de esta joven guarenera. Así mismo, la misa de esa tarde fue encomendada para ella.

Durante los siguientes años, los guareneros aseguraban escuchar un toque de campana, justo a las 3 de la tarde del mismo día en que ocurrió aquel triste episodio; decían: «suena la campana». Así fue hasta el año 1957, cuando el viejo campanario fue demolido para dar paso a la nueva fachada del templo, desapareciendo con él la leyenda.

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