La Plazoleta de Guarenas

Por Tomás González Patiño. Dispuestos en hileras colocadas en el patio central de la Escuela Ambrosio Plaza de Guarenas, sus alumnos esperan la orden de salida. Son las cuatro de la tarde, hora en que cesan todas las actividades del plantel. Es un día soleado del año 1947 en la Plazoleta de Guarenas. Su Director, hombre cargado de años, ordena la salida de cada una de las filas. El turno de la mía, es el tercero. ¡Al fin salida!

Me dirigí corriendo a mi casa con el fin de solicitar permiso para ir a La Plazoleta. En aquellos tiempos era necesario tener permiso de los padres para realizar cualquier actividad que lo requiriera. Era como mostrarles, una fe de vida, para ellos conocer nuestras andanzas.

Obtenido el permiso y golosina en mano, salí raudo hacia mi destino. Me trasladé a ese mágico lugar, a través de la Calle Ambrosio Plaza, cuya terminación en El Calvario, era justo mi destino.

En aquel momento, y como siempre, se presentaba ante mí una zona que yo veía inmensa, abierta e invitante a ejercer la plena libertad. Estaba custodiada allá en el fondo, por la serranía a la que los chivos dieron nombre.

Allí podría correr a mi antojo, sin limitación alguna y sin miedo al truncar de mi camino. Manejaba la libertad.

Lo primero que se presentó a mi vista fue El Samán, frondoso y gigantesco árbol que con la sombra de sus ramas, daba bienvenida.

Samán de La Plazoleta, esquina de las calles Ambrosio Plaza y Monagas, Pueblo Arriba de Guarenas, año 2021.
Samán de La Plazoleta, esquina de las calles Ambrosio Plaza y Monagas, Pueblo Arriba de Guarenas, año 2021.

El colorido era intenso, el verde oscuro del Samán, el amarillo-rojizo de la tierra, el azul de la bóveda celeste y la blancura de una pequeña y solitaria nube en su volar muy alto; hacían un espectáculo maravilloso.

Todavía en el atrio y después del éxtasis paralizante, decidí entrar en aquel escenario. Comencé con “La Pila de Agua” pequeña columna de donde misteriosamente manaba agua fresca proveniente de La Guairita, fuente inagotable del acueducto guarenero. Por cierto, se decía que si un forastero tomaba de esa agua, quedaba en Guarenas, prendado para siempre. Aquella fuente disfrutaba de la sombra generada por las ramas del gigante centenario y por algún desperfecto, derramaba perennemente y creaba charcos que eran el abrevadero de las abejas del apiario vecino, de Miguel Chapellín.

Éste, cañaote en medio, colindaba con el lugar de La Pila y El Samán. A nadie parecía importarle aquel derrame. El fino y permanente hilo de agua con monótono tintineo, mantenía húmeda la zona. Así pues, nosotros para saciar la sed, que era mucha la derivada de nuestras correrías, teníamos que compartir con dichos insectos, que además de los charcos invadían la llave misma. Un pacto de no agresión, parecía existir entre ellas y nosotros, pues pacíficamente compartíamos el uso de la fuente.

Sin embargo, el corazón de La Plazoleta, para mí lugar de ensueño, era un terraplén cuadrado de poco menos de media cuadra por lado, abierto, rodeado, prolongación de la calle Ambrosio Plaza en medio, por la propiedad de Miguel Chapellín, las casas de Juan Clavo, Zoilo Cordero y Jorge Rada, la calle Monagas, aún no construida y la casa, calle en medio, de la familia Muñoz.

En aquel cuadrado central, los muchachos mayores, jugaban sus partidos de béisbol. Para el juego, los muchachos no usaban guantes, los bates eran improvisados y las pelotas, de fabricación casera.

Los más pequeños corríamos por los alrededores, dando rienda suelta a nuestra imaginación. Cuando soplaban los vientos cuaresmales, volábamos los multicolores papagayos y cometas, los cuales con sus colas de retazos, surcaban los espacios, decoraban el cielo azul que servía de fondo y en conjunto creaban maravillosa escena.

Hospital Dr. Francisco R. García, calle Ambrosio Plaza, Guarenas, año 2021.
Hospital Dr. Francisco R. García, calle Ambrosio Plaza, Guarenas, año 2021.

Bueno, como todas las cosas llegan a su fin, le llegó también a La Plazoleta, la hora de ceder el paso. Guarenas, después de haber sido un pueblo de atmósfera casi bucólica, con el progreso, pasó a ser ciudad. En ese lugar mágico para mí, fue construido el Hospital Dr. Francisco Rafael García. No pudo ser más acertada la elección de ese nombre, pues con él se rinde homenaje a uno de los hombres más ilustres de Guarenas, quien sobresalió, no sólo por su sapiencia, sino también por su marcada calidad humana. En un principio pensé que insensible debió ser, la mano que nos arrancara aquel lugar de encanto, pero no, La Plazoleta no ha desaparecido, continúa haciendo su labor, pero ahora de otra forma. En vez de proporcionar a los niños, la alegría, lleva sobre sus hombros al que podría transformar en alegría, la tristeza que por enfermedad, tenga algún niño.