En su andar hacia Curupao, los guareneros se internaban por los senderos que conducían a Bordecequia. Antes de cruzar las Adjuntas, donde los ríos se encuentran con ímpetu, el caminante percibía un aire solemne, una presencia majestuosa que, desde lo alto, reclamaba una mirada e invitaba a detenerse bajo una sombra que provenía de otros tiempos, como si fuera un refugio invisible, la ceiba de Guarenas.
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