A comienzos del siglo XX, Guarenas transcurría con calma, sin sobresaltos. Desde La Llanada, las miradas se alzaban hacia el Pueblo Arriba, como si aquel ascenso empinado guardara secretos mágicos resguardados por los almendrones. Estaba por ocurrir un eclipse sobre Guarenas.
A su lado, estaba el Cerro de Piedras, testigo silente de generaciones, alzándose entre almendrones y álamos, marcando el límite entre lo cotidiano y lo desconocido.

La mañana del 3 de febrero de 1916 se sintió más calurosa de lo normal: pesada, sin brisa, pero con un cielo despejado. Era jueves y algo inesperado estaba por ocurrir, algo que transformaría la tranquilidad en un temor profundo.
Isabel María Álvarez Pino, de 25 años, y su hermana Rosa Amelia, de apenas 14, iban rumbo a su casa, desde La Llanada hacia el Pueblo Arriba. Habían decidido tomar el camino más empinado y arriesgado, pero también el más divertido: el Cerro de Piedras.

A paso lento, conversaban entre risas, disfrutando del ascenso, envueltas por el paisaje. Pero entonces, algo cambió. No fue brusco, ni ruidoso, apenas una sensación, una duda que se deslizó entre ellas.

Se miraron, desconcertadas, algo no estaba bien. Primero fue la vista, que se les nubló sin razón. Luego el cielo comenzó a cambiar de color.

Una extraña oscuridad se deslizaba lentamente sobre ellas, como una presencia que no pertenecía a este mundo.

Con el miedo apretándoles el pecho, corrieron a casa para refugiarse en los brazos de sus padres: Daniel y Epifania.

Una serenidad inquietante se apoderó del aire. Las gallinas del patio regresaron al gallinero, mientras los perros ladraban nerviosos.

Y entonces, algo increíble sucedió: A las 11:30 de la mañana Guarenas se oscureció. Una sombra sin origen arropó al pueblo, como un mal presagio, una advertencia silenciosa.

El Sol fue tragado por la Luna. Era un eclipse de Sol.

Para los pueblerinos, la ciencia era ajena y distante, por lo que aquello no tenía nombre ni explicación. No hasta ese entonces. Días después, las noticias llegaron con explicaciones que devolvieron al pueblo algo de tranquilidad.

Aun así, todos seguían mirando al cielo, preguntándose si el Sol volvería a desaparecer.

Así fue como los guareneros, envueltos en la penumbra de lo inexplicable, vivieron aquel instante suspendido. Sin saberlo, fueron testigos de un fenómeno que no entendían, pero que sintieron con cada fibra de su ser.
Hay momentos que nos transforman, y el eclipse solar de 1916 fue uno de ellos. Lo que al principio parecía tenebroso e inexplicable, se volvió comprensible cuando la luz regresó y las palabras llegaron para darle nombre.
Aquellos guareneros cambiaron, porque lo vivieron, lo enfrentaron y lo entendieron.

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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

