A la una de la tarde de un viernes de mayo de 1939, la campana de la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana estremeció el aire de Guarenas. Su bronce, habituado a anunciar la solemnidad de la Santa Misa, vibró en un horario insólito, con un eco que no parecía un llamado a la oración; resonó a tristeza, fue un repique inesperado.
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