La Última Bendición

No todas las memorias fueron escritas en los libros. Algunas pesaban en el alma colectiva del pueblo. Memorias que vivieron entre murmullos, en miradas esquivas, o en una campana que ya no repicaba igual.

Guarenas, guarda entre sombras una historia que rara vez se menciona con voz firme. Un hecho que aún se resiste a ser contado por completo. Una relato que se mantiene como eco, flotando entre los corredores del tiempo como una sombra que el viento jamás termina de disipar.

Calle Real de Guarenas desde la Llanada. Al fondo, Bajada Carabobo. Guarenas, año 1868. Composición IA.
Calle Real de Guarenas desde la Llanada. Al fondo, Bajada Carabobo. Guarenas, año 1868. Composición IA.

Algo trastocó la fe del pueblo y sembró una herida que con el tiempo fue cubierta más por sombras que por el consuelo. La devoción fue interrumpida por un hecho que jamás debió ocurrir. Algunos guareneros lo negaban. Otros, simplemente bajaban la mirada cuando se les preguntaba. Es una especie de punzada silenciosa que atraviesa la memoria colectiva de Guarenas, como si entre plegarias y letanías nadie se atreviese a decirlo en voz alta.

Esposos caminando por la Bajada de los Almendrones, Guarenas, año 1868. Composición IA.
Esposos caminando por la Bajada de los Almendrones, Guarenas, año 1868. Composición IA.

Corría julio de 1849. A Guarenas regresaba uno de sus hijos pródigos: el Presbítero Santiago Giménez. Fue bien recibido por el pueblo; fue respetado, admirado y querido. Por casi veinte años, el padre Santiago oficiaría la Santa Misa y guiaría al pueblo entre guerras civiles, el miedo y la esperanza, convirtiéndose en un faro espiritual en aquellos tiempos turbulentos y desgarradores de una Venezuela fragmentada, donde los ecos de destrucción retumbaban como relámpagos distantes.

El presbítero Santiago Giménez en la Plaza Bolívar de Guarenas, año 1868. Composición IA.
El presbítero Santiago Giménez en la Plaza Bolívar de Guarenas, año 1868. Composición IA.

Pero en diciembre de 1868, todo cambió con algo tan inesperado como estremecedor.

Una mujer guarenera de edad avanzada yacía en su lecho de enferma. El padre Santiago, con gesto compasivo, acudió a verla en su casa de la calle Miranda del Pueblo Arriba. La signó con óleo sagrado, le brindó la absolución y le ofreció palabras de consuelo. Al día siguiente, ella falleció. La noticia se esparció en el pueblo como una brisa pesada. Nadie podría haber imaginado que aquello habría de encender una llama de tragedia.

El presbítero Santiago Giménez administrando la extremaunción y dando la última bendición a una moribunda, Guarenas, año 1868. Composición IA.
El presbítero Santiago Giménez administrando la extremaunción y dando la última bendición a una moribunda, Guarenas, año 1868. Composición IA.

Una semana después, en la iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, el padre Santiago oficiaba la Misa Tridentina. Estaba de espaldas al pueblo, como lo exigía el ritual, mirando al Santísimo. Ahí, con voz serena, pronunció las que quizás fueron sus últimas palabras: «Benedicat vos omnipotens Deus».

El presbítero Santiago Giménez, mirando al Santísimo mientras oficia la Misa Tridentina en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana y da la última bendición, Guarenas, año 1868. Composición IA.
El presbítero Santiago Giménez, mirando al Santísimo mientras oficia la Misa Tridentina en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana y da la última bendición, Guarenas, año 1868. Composición IA.

De pronto, sin aviso, un orate irrumpió en el templo. Sus pasos, desbordados por una furia oscura, lo llevaron directo al altar. Ahí, guiado por la sombra de una ira contenida, el enajenado hundió un puñal en la espalda del sacerdote.

Un orate ingresa a la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana durante la Misa Tridentina que oficia el padre Santiago Giménez, Guarenas, año 1868. Composición IA.
Un orate ingresa a la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana durante la Misa Tridentina que oficia el padre Santiago Giménez, Guarenas, año 1868. Composición IA.
El enajenado se acerca al padre Santiago Giménez mientras éste oficia la Misa Tridentina en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, Guarenas, año 1868. Composición IA.
El enajenado se acerca al padre Santiago Giménez mientras éste oficia la Misa Tridentina en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, Guarenas, año 1868. Composición IA.

El padre Santiago cayó de bruces ante el Santísimo, entregando su alma al último sacramento y su cuerpo al misterio final. Su mirada, ya en la penumbra, no supo de rencor, solo de asombro doliente. Su sotana, ahora pintada de rojo, parecía un lienzo triste, un sudario doloroso sobre las losas del templo.

El orate hiere al padre Santiago Giménez mientras oficiaba la Misa Tridentina en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, Guarenas, año 1868. Composición IA.
El orate hiere al padre Santiago Giménez mientras oficiaba la Misa Tridentina en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, Guarenas, año 1868. Composición IA.

La feligresía contuvo la respiración, incrédula, petrificada. Luego, el aire se quebró y un dolor agudo, tembloroso y coral envolvió al templo en un solo lamento. Entre sollozos y exclamaciones de angustia, lo profano invadió lo sagrado.

El padre Santiago Giménez yace de bruces tras la herida propiciada por un orate que ingresó a la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, Guarenas, año 1868. Composición IA.
El padre Santiago Giménez yace de bruces tras la herida propiciada por un orate que ingresó a la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, Guarenas, año 1868. Composición IA.

La revelación fue tan dolorosa como el acto mismo. El agresor no era un desconocido, sino el hijo de aquella mujer moribunda que, apenas una semana antes, había recibido la extremaunción bajo la mano compasiva del padre Santiago.

El hijo de la señora moribunda observa contrariado el acto de extremaunción que el padre Santiago Giménez administra a su madre y le da la última bendición. Guarenas, año 1868. Composición IA.
El hijo de la señora moribunda observa contrariado el acto de extremaunción que el padre Santiago Giménez administra a su madre y le da la última bendición. Guarenas, año 1868. Composición IA.

En su mente atormentada, aquel hombre no vio consuelo en el gesto sacerdotal, sino condena. Creyó que aquella unción no había sido salvación, sino sentencia; que el óleo había sellado la partida de su madre como un decreto divino pronunciado por el sacerdote.

El orate observa el féretro de su madre durante el velatorio. Guarenas, año 1868. Composición IA.
El orate observa el féretro de su madre durante el velatorio. Guarenas, año 1868. Composición IA.

De esa manera, cegado por una idea torcida, con el dolor transfigurado en resentimiento, cruzó el umbral del templo no en busca de fe, sino de revancha.

El pueblo perdió a aquel hombre que supo sostener la fe en tiempos de pólvora y duelo, que ofreció su voz a los angustiados, su consuelo a los enfermos y su fe a los desesperados.

El vestigio rojo del padre Santiago no solo marcó las losas del altar, quedó impregnado en la memoria de un pueblo que, aunque herido, decidió seguir adelante, como hacen los pueblos cuando saben que callar duele tanto como recordar.

Presbítero Santiago Giménez en la Casa Parroquial de Guarenas, año 1868. Composición IA.
Presbítero Santiago Giménez en la Casa Parroquial de Guarenas, año 1868. Composición IA.

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