En Guarenas, la noche del 23 de junio no conoce el silencio. El aire se llena de tambores y voces que parecen salir de otros siglos, reviviendo el eco de las haciendas de trapiche, donde los esclavos danzaban bajo el manto cálido de la noche. Es la víspera del San Juan del Callejón La Pelota en Guarenas, donde la devoción tiene ritmo.
Los cueros del redoblante, la prima y el cruzao comienzan a sonar justo cuando cae el sol, marcando el inicio de una jornada donde la fe se canta y se baila. A ese llamado ancestral responden todos: hombres, mujeres y niños, nadie se queda inmóvil ante la bamba, el corrío y el redondo. La Parranda de San Juan no es solo una celebración, es una llama que pasa de generación en generación, incendiando de alegría el alma del pueblo.

En Guarenas, esta fiesta tiene un origen muy particular: la Hacienda Casarapa. Allí, los jornaleros se reunían para velar al santo cada 23 de junio con cantos de fulía. A la medianoche, el primer redoble señalaba el inicio del ritual: los tambores tomaban el protagonismo y no paraban hasta el amanecer. Entre los fieles estaba Pablo Gutiérrez, jornalero de esa misma hacienda y ferviente sanjuanero que supo guardar en su corazón el verdadero sentido de la tradición.


Con el paso de los años, la emoción del pueblo y la parranda encontraron un nuevo hogar. Primero en el callejón La Mochila, gracias a Lisandra Arteaga, mujer devota que cuidó con esmero una imagen de San Juan Bautista. A su llamado se unió Pablo Gutiérrez, quien vio en aquella parranda un lazo vivo entre el tambor y la fe. Al partir Lisandra, fue Pablo quien asumió con humildad y fervor la custodia de la imagen y el compromiso con el pueblo, trasladando la celebración al callejón La Pelota, donde el fervor se hizo comunidad y el tambor volvió a ser lenguaje de alegría y promesa. Hoy, en cada golpe de cuero y en cada canto al amanecer, el espíritu de Pablo Gutiérrez sigue velando a San Juan, como si nunca se hubiese ido.



En el callejón La Pelota, al caer el sol, comienza lo sagrado: fulía hasta la medianoche, el redoble es la señal. El pueblo danza hasta el amanecer. Entonces, como epílogo sagrado, los fieles caminan juntos hacia la Catedral Nuestra Señora de Copacabana para asistir a la Santa Misa. Fe, cuerpo y comunidad: tres notas de un mismo canto.


Quienes conocen esta historia saben que la Parranda de San Juan habita en cada golpe de tambor, en cada verso improvisado y en cada paso de baile que se repite con alma y convicción en Guarenas.
San Juan de La Pelota no es solo una tradición: es la certeza de que, mientras suene un tambor en Guarenas, siempre habrá alguien dispuesto a velar, bailar y creer, porque este pueblo no olvida cómo cantar y danzar su fe.
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Administrador del sitio web campanariourbano.com y sus redes sociales, experto en sistemas informáticos, apasionado numismático y filatelista, amante del vino, investigador de la historia de Guarenas y escritor de relatos históricos.

