En la carta que Pedro Felipe de Ibarra dirigió al Gobernador y Capitán General de Venezuela, José Solano y Bote, en 1768, se enumeraban con precisión muchos de los ríos y quebradas de la Jurisdicción del Valle de Guarenas: Caucaguita, Izcaragua, La Guairita, Guarenas y Caucagua. Esos ríos aparecían nombrados como testigos de aquel paisaje colonial. Sin embargo, un silencio extraño se imponía: Guacarapa no figuraba como río ni como lugar. Esa ausencia, más que un vacío, era una invitación al misterio.
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El Primer Cementerio de Guarenas: Nuestra Señora de Copacabana de las Guarenas, al igual que muchos pueblos de la Provincia de Venezuela, fue fundado acatando la real cédula emitida el 23 de febrero de 1619 por el Rey Felipe III de España, en la cual ordenaba a las misiones religiosas eliminar el esquema de indígenas bajo la tutela y explotación de los encomenderos, para reunirlos en pueblos de doctrina, sustentados por la actividad agropecuaria, con una intención evangelizadora y de alfabetización.
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Un pacto convertido en devoción
Guarenas es un pueblo que vive aferrado a sus tradiciones y a la fuerza de su fe. Como parte de esa certeza, la imagen del Nazareno de Guarenas ha sido venerada durante un siglo y medio. Su paso procesional congrega, cada Miércoles Santo, una multitud de feligreses que buscan en su mirada consuelo y redención, gracias a un un pacto convertido en devoción.
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Miércoles Santo sin procesión
¿Un Miércoles Santo sin procesión? Guarenas es un pueblo que respira tradición y fe. Cada Miércoles Santo, sus calles se iluminan con cirios encendidos, mientras un murmullo de plegarias se eleva en el aire. El Nazareno, con su paso solemne, ha sido por generaciones el corazón de esa devoción.
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Restauración de Jesús en la Columna
La imagen de Jesús en la Columna nos conduce a uno de los pasajes más sobrecogedores de la Pasión de Cristo: aquel instante en que, pese a su inocencia, fue entregado por Poncio Pilato a los soldados romanos, atado y flagelado en el pretorio, expuesto ante la multitud sin más defensa que su entrega absoluta al Padre. Es la iconografía del Cristo cautivo, que asume el dolor como expiación por los pecados de la humanidad, y que nos invita a contemplar la grandeza de un amor que se ofrece sin reservas.
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Viacrucis en Guarenas
Catorce estaciones, un camino de arte y redención: En la Catedral de Nuestra Señora de Copacabana, hay un tesoro que muchos miran sin detenerse, un legado que muchos pasan por alto, como si fuese parte natural de sus muros. Sin embargo, lo que allí descansa es un legado artístico y espiritual de un valor incalculable, capaz de conmover el alma de la feligresía: El Viacrucis de Guarenas.
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El Olivo de Guarenas
En una noche espesa y en lo profundo de la montaña, dos hombres avanzaban con el corazón encogido. Envueltos en un silencio total, el miedo los acompañaba como una sombra: miedo a ser descubiertos, miedo a no ver nunca más el amanecer. La incertidumbre los envolvía como un manto oscuro y cada crujido del bosque era un recordatorio de que la muerte los acechaba. Ellos no podían imaginar que aquella noche daría inicio a la tradición del olivo de Guarenas.
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La Colmena de Guarenas
En el Pueblo Arriba de Guarenas hubo un lugar que no aparecía en mapas ni en crónicas oficiales, pero que todos conocían: La Colmena de Guarenas. Un rincón discreto, casi invisible, donde el aire parecía distinto, más denso, más dulce.
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Alameda Plaza
Guarenas, a inicios del siglo XX, era un pueblo apacible, donde la vida parecía transcurrir al compás de las norias de trapiche y el murmullo del viento entre los almendrones. Desde La Llanada, los pobladores alzaban la mirada hacia el Pueblo Arriba, contemplando la cuesta empinada que los separaba, como si aquella subida fuese también un viaje hacia lo desconocido: La Alameda Plaza.
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La ceiba de Guarenas
En su andar hacia Curupao, los guareneros se internaban por los senderos que conducían a Bordecequia. Antes de cruzar las Adjuntas, donde los ríos se encuentran con ímpetu, el caminante percibía un aire solemne, una presencia majestuosa que, desde lo alto, reclamaba una mirada e invitaba a detenerse bajo una sombra que provenía de otros tiempos, como si fuera un refugio invisible, la ceiba de Guarenas.
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